Académico Álvaro Lorenzo

Foto: Toromedia

Hoy comienzo aconsejándoles lean mi comentario sabiendo de antemano que yo mismo pongo en cuarentena mi valoración. Siento decepcionarles, pero no soy infalible. Confieso que hay tardes -afortunadamente son las menos- en las que, al sentarme frente al ordenador, únicamente tengo la certeza de que no estoy seguro de nada. Me refiero al hecho que nos atañe, la celebración del noveno festejo de abono hispalense. Evidentemente no pienso volver la cara al compromiso -asumo mi responsabilidad-, pero ustedes quedan advertidos.

Lidió Moisés Fraile un entipado encierro; parejo de hechuras, aunque algo desigual de caras y volúmenes. De entre los seis ‘pilares’ destacó por su seriedad el cuarto toro del festejo, un colorado de emotiva movilidad al que Pepe Moral saludó con el capote con más garbo y gallardía que asentamiento. Lució Pepe a ‘Mirador’ al colocarlo por dos ocasiones frente al caballo a generosa distancia. Pronto y alegre, el indómito colorado conquistó al, hasta entonces, aletargado respetable. Alcanzado el último tercio, con el público de parte del exigente astado, Moral dejó muchas incógnitas por despejar. Vaciló el torero de Los Palacios al decidir las distancias y las alturas. De ahí que no terminara de imponerse y someter a un complejo toro que, dicho sea de paso, de tanto topar las telas -sobre todo por el pitón izquierdo- fue embruteciéndose aún más. Para serles franco, creo que el desprendido Pepe pecó de lila. Así lo siento y así lo digo con el mayor de los respetos. Y todavía tengo serias dudas del verdadero fondo del toro; qué hubiera sucedido de haberle apretado el torero las tuercas. Lamentablemente, esa pregunta quedará sin respuesta. En el toro no existen segundas partes, ni segundas oportunidades.

Ninguna duda me ofreció el manso que rompió plaza. Que el toro perdiera las manos en repetidas ocasiones en el transcurso de los dos primeros tercios únicamente se debió a su falta de raza, que no de fuerzas. Alejado del portón de los sustos nada más iniciado el trasteo, el destemplado ‘Medicina’ no tardó en apretar para los adentros, meter el hocico entre las manos, agarrase al ruedo y rajarse. Libren de toda culpa y responsabilidad a Moral.

El segundo en el orden de lida, primero del lote de Álvaro Lorenzo, fue un toro de manifiesta calidad y limitada raza. Magníficamente lidiado por Rafael González, ‘Tontillo’ alcanzó el último tercio para desfondarse después de veinte notables embestidas. Lo suficiente para que Lorenzo le compusiera un administrado y medido trasteo, en el que los tiempos muertos entre muletazo y muletazo se antojaron vitales. Dos primeras series en redondo en las que el diestro toledano asentó la enclasada condición de su oponente y dos reunidas tandas de templados y gobernados naturales que a todos pusieron de acuerdo. Con el ‘pilar’ a punto de entregar la cuchara, Álvaro remató su inteligente actuación desprendiendo torería. Lástima que el pinchazo previo a la definitiva estocada, cambiara la oreja por la vuelta al ruedo. Frente al quinto, manejable, justito de celo y falto de emoción, Lorenzo volvió a mostrarse tan asentado como paciente. A fuerza de sobar y de no dejarse topar las telas, el académico toledano logró tirar de las embestidas y meter en el canasto al soso ‘Alambrisco’. Un pero, el excesivo metraje del trasteo. Una última luz muy intensa, la del quite con el que Rafael González libró a su jefe de filas de una segura cornada tras cobrar una estocada entera y algo trasera.

El fino ejemplar que hizo tercero siempre se movió a su aire y con la cara a media altura. Carente de chispa y falto de vida, la anodina movilidad y nula entrega de ‘Portillo’ propició que Ginés Marín se enfrascara en una monótona y trivial labor cortada de cuajo por el público. Frente al sexto, un manejable astado de nula transmisión y con tendencia a violentarse el enganchar los chismes, el joven diestro extremeño volvió a mostrarse mecánico y excesivamente previsible. Urge que Ginés recupere la ilusión por vestirse de luces.