Bravos toros, bravos toreros

Arrastrado el tercer toro de la tarde, un cinqueño que rebañó con su pitón derecho los muslos de Roca Rey y que, a pesar de descolgar la cara en el embroque por el lado izquierdo, nunca quiso ir de verdad hacia delante, cambió el signo de la tarde. En buena parte, gracias al encastado comportamiento de los tres últimos toros de Adolfo Martín. Con todo, el ofensivo y astifino astado que hizo cuarto en el orden de lidia vendría a marcar por su cambiante juego un dramático punto de inflexión del festejo. Ya avanzado el último tercio, Manuel Escribano se disponía a iniciar una nueva serie de naturales; en la primera, el exigente ‘Español’ tomó los engaños a regañadientes y se frenó en seco en mitad de su cuarta acometida. Inmerso entre el desconcierto provocado por un prejuicioso e impertinente vocerío de los tendidos, iniciada la segunda arrancada, Escribano fue cazado certeramente en la cara del muslo izquierdo. Esta vez no se escapó. La oscuridad de la sangre manada del boquete abierto en la taleguilla, nos hizo temer gravísimas consecuencias. La cara del torero al ser trasladado a la enfermería, literalmente descompuesta por el dolor de la profunda cornada, ahondó en la consternación del respetable. Mientras Escribano descendía en volandas a la enfermería, Román regresaba de ella y se hacía presente en el ruedo para, tras ser intervenido de un puntazo de cinco centímetros en el glúteo izquierdo, estoquear al tercer intento al orientado morlaco. El presidente, en un gesto de absoluta insensibilidad, decidió enviar un aviso al diestro recién incorporado. Por sus hechos los conoceréis. Con todos ustedes, nuevamente, Gonzalo de Villa Parro.

También cinqueño, de redondo y generoso cuajo, el sobresaliente quinto cantó en el tanteo inicial de faena el enclasado y templado son de sus profundas embestidas por el pitón derecho. Tal fue su calidad, que ‘Mentiroso’ apenas acusó las imprecisiones técnicas -terrenos, distancias, toques a destiempo…- de un Román entregado en cuerpo y alma. Imposible mayor compromiso. Descarnada la sinceridad de su planteamiento. Infinita la paciencia con la que esperó a que el cárdeno alcanzara descolgado las telas. No dejó el diestro valenciano de querer y querer. La fe para mover, no una montaña, la cordillera entera. A punto de culminar su irregular trasteo, brotó un despacioso e infinito derechazo que hizo rugir al unísono a los tendidos. Se escuchó el bramido venteño hasta en la Puerta del Sol. Y poco después, un estoconazo hasta los mismísimos gavilanes, cobrado a vida o muerte. Salió ileso de la suerte suprema por pocos milímetros. Imposible no conmoverse con el bravo Román, que terminó paseando una oreja unánimemente demandada por el respetable. Frente al primero de su lote, un díscolo y orientado morlaco que siempre se arrancó por dentro y no paró de meterse por debajo del engaño en busca de las pantorrillas, Román se jugó el tipo a carta cabal, consciente de todos los riesgos que entrañaba su persistente y aguerrida labor.

Los 501 kilogramos del serísimo sexto volvieron a demostrar que el trapío nada tiene que ver la dichosa tablilla. De armónica y rematada hechura, diría que hasta un punto regordío, el bravo ‘Madroñito’ redondeó de salida sus descolgados y francos viajes por el pitón derecho. Por el izquierdo, el de Adolfo Martín echó las manos por delante. Economizada cada arrancada durante los dos primeros tercios, Roca Rey quiso refrendar su atrevida apuesta isidril. En el bombo empezó la tarde allá por… Ni me acuerdo. Empastados los ritmos al primer derechazo, el diestro peruano ligó tres sólidas, ceñidas y profundas tandas en redondo. Personalmente eché en falta un mayor punto de pulso, pero era Andrés quien se encontraba en el ojo del huracán de la bravura. Con la plaza entregada al indiscutible número uno del toreo, cambiada la pañosa al pitón izquierdo, Roca Rey consintió impávido dos primeras arrancadas por dentro, antes de apretar, someter y empujar al toro hasta el final. Por cierto, el sexto natural fue el más lento y largo de la colosal serie; y el pase de pecho de remate aún no ha finalizado. ¡Qué barbaridad! Una nueva tanda de poderosos naturales en las que el astado ya no se dejó conducir hasta el infinito, razón por la que debió perder algunos pasos, precedió a una postrera tanda en redondo de inverosímil cercanía y mando. Por bemoles. Cuando únicamente quedaba pendiente la rúbrica de la espada, Andrés se empecinó en ejecutar la suerte suprema en la suerte contraria. Él sabrá las razones. Un pinchazo diluyó en un abrir y cerrar de ojos el entusiasmo popular; lo que iba camino de su cuarta puerta grande venteña quedó en pocos segundos en una cerrada ovación recogida desde el tercio. Menuda desproporción. No logro entender el sentido de la medida, de la equidad, del respetable. O todo o nada. Pues vaya.