Un insensato en el palco presidencial

‘El Juli’ toreando al natural (Foto: Toromedia)

Reconozco que me jode sobremanera ofrecer el titular de mi comentario al presidente del festejo. Sin embargo, lo cierto es que, con sus desmedidas decisiones, don José Luque adulteró el balance del festejo, que no su devenir. Al margen de fobias y filias, no conozco aficionado en su sano juicio que cuestione la maestría de ‘El Juli’ ni la extraordinaria categoría de la ganadería de Garcigrande. De ahí que aún me cueste entender las razones que empujaron al usía a conceder a Juli la oreja del primer astado de su lote -demandada por una minoría- y, para redondear su insensata ‘faena’, premiar con los honores de la vuelta al ruedo al quinto toro de la tarde -de nombre ‘Arrogante’-. ¡Madre de Dios!

Ya, ya sé que en los toros el ‘resultado’ es lo de menos. Que la tauromaquia nada tiene que ver con goles o puntos. Para consultar tanteadores, compren diarios deportivos. Al carajo ya con las dichosas orejas, despojos que diría el maestro Romero. Pero Sevilla y lo que en el ruedo de la Maestranza acontece debe de ser santo y seña para todo el planeta del toro. Al igual que lo que sucede en los cosos de Las Ventas, la Monumental pamplonesa y Vista Alegre en Bilbao. Mal camino llevamos si se funde las luces de los contados faros que nos quedan en el horizonte taurino. Entonces, la oscuridad absoluta.

Zanjado el asunto presidencial, permitan que mis primeros recuerdos de la tarde se mezan en el prodigioso capote de ‘Morante de la Puebla’. Por acompasadas y cadenciosas verónicas de recibo, rubricadas con dos monumentales medias que me arrebataron el alma. Y delicados delantales que sirvieron para colocar frente al caballo a un templado y entregado toro que, como hipnotizado, olvidó administrar sus facultades. Con todo, aún pudo responder a la exigencia de un gallardo y personal quite por chicuelinas, de manos muy bajas. Para cuando ‘Gobernador’ alcanzó el último tercio, la reversa estaba en las últimas. Apenas una serie de gobernados y ligados derechazos ejecutados con asombrosa naturalidad, antes de acabar con el sueño de unos tendidos colmados hasta su última localidad. Frente al cuarto, de bastas hechuras, tan desrazado y afligido como ingrato, ‘Morante’ hubo de abreviar.

Exprimió ‘El Juli’ en meritoria y desatada actuación al noble ejemplar que hizo segundo en el orden de lidia, un toro sin fijeza ni verdadero empuje, que terminó desfondado y rilado. Nada que ver con la rotunda faena que cuajó al ya famoso quinto, un morlaco al que sólo ‘El Juli’ vislumbró el fondo preciso para, a los sones de ‘Suspiros de España’, construir y estructurar un macizo trasteo que resultó ser un tratado de tauromaquia. Impuso Julián a su entero antojo los terrenos, las distancias, las alturas, el trazo de cada muletazo, el ritmo de las embestidas y el tempo de su precisa y científica labor. Y aún encontró toro, para en el ocaso de su soberbia obra, abandonarse a la inspiración. Mejor imposible. Tras cobrar un estoconazo hasta los gavilanes, paseó dos orejas incontestables. En Sevilla y en el Congo belga.

Completó cartel Miguel Ángel Perera. Pechó el extremeño con un primer astado sin ritmo ni continuidad en sus informales acometidas, que por su manifiesta sosería no transmitió al respetable su compleja y desagradecida condición. Por cierto, a ‘Saltarín’ le sopló Javier Ambel un colosal tercer par de banderillas por el que fue obligado a desmonterarse. Para cerrar plaza, dispuso Perera de un toro mansito al que pronto se le acabaron las inercias. Lo justo para que el diestro cobrara un hierático, ceñido y emotivo inicio de faena y una solitaria serie en redondo de sometidos y profundos naturales. Después, el toro se apagó. Como la tarde. Hasta mañana.