David, qué bueno que viniste

Aunque el cine ‘made in USA’ se empeñe en hacernos creer que la vida es un permanente cuento de hadas con final feliz, lo cierto es que la vida es muy perra. Es verdad que tiene sus momentos, pero no son más que contadas estrellas en la inmensidad del universo. Se pongan como se pongan los guionistas hollywoodienses, todo tiene un principio y un final. Y los finales, queridos amigos, casi siempre son dolorosos, cuando no desgarradores. Podría contarles muchos finales desgraciados, incluso dramáticos, pero no creo que venga al caso.

Sucede que ayer tarde presenciamos emocionados como David de Miranda escapaba de los infiernos para ascender al cielo madrileño a hombros de la multitud. No, no se equivoquen. El éxito del torero onubense, un héroe prácticamente anónimo hasta para la mayor parte de los aficionados, no es la triunfal secuencia final de ningún almibarado biopic. Muy al contrario, la consecución de la monumental puerta grande es, además de la recompensa a tanto esfuerzo, dedicación y sufrimiento -algunos lo llaman ‘justicia poética’-, el ilusionante comienzo de una flamante carrera. Se sube en marcha De Miranda al tren -de alta velocidad- de la presente campaña taurina. Por lo visto hasta el momento -ojo, no ha hecho más que empezar-, la del definitivo relevo. A los Roca Rey, Pablo Aguado y compañía, se une el menudo David, agigantado en el ruedo frente a los 605 kilogramos del bravo ‘Despreciado’ de Juan Pedro Domecq. ¡Qué grande es la tauromaquia!

Tengo por norma no volver a ver en la televisión ningún festejo que haya presenciado en vivo. Alguna vez me la salto -para eso se establecen las normas-, pero son las menos. La razón es muy sencilla: el toreo es efímero; nace y muere en el mismo instante. Además, para qué engañarnos a estas alturas de la película, me niego a analizar una faena con el mando del vídeo, lupa, escuadra, cartabón, transportador… Señores, la perfección es imperfecta. Por encima de todo, el toreo son emociones. Y ayer David me emocionó hasta conmoverme. Por cierto, no me duele en prenda reconocer que, viéndole salir por la puerta grande, se me saltaron algunas lágrimas. Conociendo como conozco su historia, antes de la corrida me la volvió a recordar mi compañero Javier García Baquero, fue imposible contenerme. Cada día soy más consciente de que el toreo hay que verlo, en vez de con los ojos, con el corazón.

Me impresionó David por su descarnado modo de jugarse la vida, de hundir las zapatillas en la arena, de no ceder un ápice de su terreno, de pisar y rebasar la línea de fuego a la que hace poco aludía el maestro Ojeda ante las cámaras de Toros TV, de pasarse los astifinos leños del imponente toro a escasos milímetros de su cuerpo enfundado en un litúrgico vestido blanco y oro, como la ocasión requería. Me asombró por su modo de soportar, tragar y consentir la encastada y pesada primera embestida de cada serie. Más de un ¡ay! escapó de mi boca, acartonada por el miedo. Me entusiasmó por resistirse a permanecer en la vertical, por no abandonar el epicentro de los encendidos círculos de la casta y por intentar enganchar con los flecos de la muleta las combativas embestidas del sobresaliente ‘juanpedro’. Me deslumbró por su absoluta y plena entrega; esa que le empujó a recibir al astado con dos tijerillas, a hacer un quite por apretadas chicuelinas, a rematar una tanda en redondo con una imprevista arrucina, a rubricar su intenso trasteo con unas inverosímiles bernardinas y a irse tras la espada como si se lanzara al vacío sin paracaídas ¡Qué barbaridad!

Consiguió el torero que, apenas iniciado su trasteo, muchos de los presentes nos involucráramos en su intenso quehacer. Que todos empujáramos a una. De ahí la algarabía y el enardecimiento de la celebración al doblar el toro. Para ello entregó De Miranda el alma. Otra ocasión en la que acabé perdiendo la compostura, para hacer lo más importante: vivir. Creo que me estoy haciendo mayor. El resto de las consideraciones, incluidas las técnicas, las dejo al margen. Todas ellas para quien las quiera. A todo esto, por qué mayo es un mes tan propicio para las revoluciones. ¿Será la primavera? Lo único cierto es que la Fiesta está de enhorabuena, puede que más viva que nunca. Igual peco de triunfalista, pero ahora mismo, que me quiten lo bailado. Puede que simplemente esté embriagado. Da igual. Me voy a dejar llevar por esta ilusión. David, qué bueno que viniste. Te lo mereces. Enhorabuena.