Diego San Román, valor espartano

Únicamente el segundo novillo del encierro de Fuente Ymbro respondió a las halagüeñas expectativas de los aficionados en los utreros propiedad de Ricardo Gallardo. No, el encastado ‘Hostelero’ no le correspondió en suerte a Diego San Román. Hubo de pechar el mexicano con el más desaborido y deslucido lote de la novillada gaditana. Cerrando la cara, alto de cruz, largo de viga y con las carnes sueltas, el tercero en el orden de lidia ni humilló ni abrió sus temperamentales acometidas de salida. Bravucón en el peto del caballo, ‘Protestón’ evidenció en banderillas su acusada querencia a tablas y la desclasada condición de sus arrancadas. Huidizo, orientado y a la defensiva, el descompuesto astado de Fuente Ymbro únicamente consintió que el bravo Diego San Román hiciera un significado alarde de valor espartano en el transcurso del último y accidentado tercio. A punto de alcanzar el ocaso de su gallardo trasteo, el utrero le propinó con el pitón derecho una fea voltereta de la que regresó sin perder el color, dispuesto a seguir jugándose la vida. Es más, el azteca insistió en reducir las distancias a la mínima expresión, en mantenerse muy cerca de las puntas. Tal fue su convicción que terminó acobardando a un novillo al que, tras unas inverosímiles bernardinas, pasaportó de una estocada trasera. Desplantado frente al morlaco, para entonces herido de muerte, San Román volvió a ser arrollado sin consecuencias. El último arreón del manso. Menudo trago.

El astado que cerró plaza fue un ejemplar cómodo de cara, aunque enmorrillado, hondo, largo y cuajado. Agarrado y renuente, bregado por el paciente y templado Juan José Trujillo, ‘Mestizo’ acabó reculado en tablas antes siquiera de sonar los clarines que anunciaron el cambio de tercio. Tras un arrojado inicio de hinojos, San Román tragó sin pestañear las acostadas y rebrincadas acometidas de un novillo que siempre se apoyó sobre las manos por el pitón derecho. Al segundo muletazo al natural, el novillo se echó a los pitones a Diego. La dramática secuencia se hizo eterna. Nos secó las bocas. Pasado de pitón a pitón en distintas ocasiones, el recuperado novillero mexicano regresó al terreno donde las zapatillas queman para seguir consintiendo los intempestivos cambios de ritmo de un utrero que terminó echando el freno de mano y apagando el contacto. Lo mató San Román a puro huevo y al hilo de las tablas; fue sin duda el mexicano el gran protagonista de la última novillada del abono isidril.

Para Juanito, alumno de la prestigiosa Escuela taurina de Badajoz, fue un primer novillo aleonado, badanudo, corto de cuello, manos y esqueleto, que embistió de salida recto, con la cara alta y el celo justo. Repuchado en el peto del caballo, la destemplada y defensiva movilidad de ‘Volante’ puso a prueba el firme asentamiento e irregular pulso del novillero portugués. Mas basto y despegado fue el cuarto, un utrero reservón y con fondo de genio al que apenas castigaron en varas. Exigió ‘Laminado’ que Juanito le ganara la acción y un paso; también que lo condujera muy gobernado. Logró Juan despejar las incógnitas con la mano derecha; por quedarse al hilo del pitón izquierdo, terminó perdiendo la iniciativa ante un novillo que, a su aire, se venció y apretó. Después, el novillero intento recuperar el buen tono inicial con unas manidas bernardinas que, lejos de alcanzar su objetivo, mosquearon a un sector del respetable.

Frente al notable segundo, de finas hechuras, más alto de manos y de limitado cuello, algo que le impidió descolgar hasta la arena sus francas embestidas por el pitón derecho, Antonio Grande se puso las pilas tras un ceñido quite de gaoneras de Diego San Román. Desarmado al querer iniciar su faena con un farol de rodillas, la discontinua y dilatada actuación del novillero salmantino únicamente fluyó cuando, al temple, unió el remate de los derechazos por debajo de la pala del pitón. El quinto, basto, alto de cruz, hecho cuesta arriba y vareado de carnes, quizá el peor hecho del encierro, se afligió tras soltarse del peto al segundo encuentro. Frenado tras el flexionado inicio de Antonio Grande, el ‘fuenteymbro’ pronto metió el hocico entre las manos; cuando se arrancó lo hizo con la sola intención de topar las telas o alcanzar los antebrazos de la gran esperanza de la cantera salmantina. Siguen los aficionados charros esperando la llegada del ‘mesías’ que reverdezca los pasados laureles de los maestros Pedro Gutiérrez Moya ‘Niño de la Capea’ y Julio Robles. ¿Acaso no sabrán de la existencia de Alejandro Marcos? Ya se enterarán. Tiempo al tiempo.