Faena delicatessen de Urdiales

Foto: Toromedia

Tarde de toros tediosa y de insoportable metraje. Puede que algún día, los toreros entiendan que mantener al respetable en sus localidades por espacio de casi tres horas es un acto que roza el martirio. Sinceramente, no hay hijo de madre que lo soporte. Esgrimirán los coletas en su defensa el pésimo juego de la corrida de Juan Pedro Domecq -en conjunto: noble, falta de raza y fuelle y sin ritmo; deslucida a más no poder-; la necesidad de regar el ruedo alcanzado el ecuador del festejo -ayer no fue el día más caluroso en lo que va de feria- o la devolución del inválido que saltó al albero maestrante en cuarto lugar. Nada más tienen los toreros que pensar en la duración de los espectáculos -cine, música, teatro, danza…- a los que ellos asisten. Por favor, pónganse en los zapatos del público y obren en consecuencia.

Al lío. El toro que rompió plaza únicamente consintió un templado saludo capotero por verónicas rematado con una media a pies juntos que fue un auténtico cartel de toros. Receloso y tardo frente al peto del caballo, ‘Organista’ escarbó sin cesar durante un fatigoso tercio de banderillas en el que fue molido a capotazos por ‘El Lili’. Tardo, agarrado al ruedo y a la defensiva, el toro no respondió a los diferentes estímulos y recursos técnicos propuestos por un afanoso ‘Morante de la Puebla’. Igual de perseverante frente al descastado y soso sobrero que hizo cuarto, un morlaco que siempre salió con la cara por encima del estaquillador, el torero de La Puebla del Río cuajó entre el silencio una esforzada y dilatada labor de plano relieve. No sé a ustedes, pero a mí me molesta sobremanera que me hagan perder el tiempo. Si no puede ser, por favor, no me dé usted coba de manera innecesaria. Los toreros son artistas, no trabajadores.

Aún con el ánimo intacto, se hizo presente en el ruedo un toro que fue un tacazo; le enjaretó Diego Urdiales de salida al segundo una decena de ralentizadas y mecidas verónicas que tocaron la sensibilidad de la afición hispalense. Tras economizar el esfuerzo y las arrancadas del toro en varas y banderillas -hago mención especial a los pares de Víctor Hugo ‘Pirri’-, el torero de Arnedo brindó su lúcido y delicado trasteo a sus hermanos Juanjo y Rubén. Administró milimétricamente Urdiales a su rebrincado y agradecido ejemplar durante una faena planteada en el terreno oportuno y meticulosamente medida en el tiempo. Más que torear, el menudo diestro riojano, por el relajado y despacioso manejo de su muleta, pareció acariciar las embestidas. Añadan a ello su natural ejecución, la hondura de las trincheras, trincherillas y pases de pecho con las que rubricó cada serie y su torero andar por el ruedo. Qué forma más torera de entrar y salir de la cara del toro. Torería añeja, torería de color sepia, torería clásica. Una verdadera delicatessen que enardeció a los tendidos y únicamente emborronó con su desatinado manejo de la espada. Con todo, la aclamada vuelta al ruedo tuvo sabor a efeméride. Frente al desrazado quinto, un toro sin chispa ni ritmo ni clase, Urdiales volvió a intentar el milagro. Pese a hacer todo cuanto estuvo en su mano, ‘Juicioso’ le negó la más mínima opción de lucimiento.

Dispuso José María Manzanares de un primer toro al que Jesús González ‘Suso’ colocó un soberano tercer par de banderillas. Siempre por la periferia y al aire marcado por el destemplado ‘Sinfonía’, Manzanares no alcanzó a empastar con su afligido oponente. Frente al toro que completó el serio encierro de Juan Pedro, magníficamente picado por Pedro Morales ‘Chocolate’, el rígido torero alicantino volvió a limitarse a correr la mano en vez de enganchar y tirar de las acometidas de ’Mocito’. Una y otra vez sorprendido por su oponente, la sobredimensionada muleta de José María encalló cuando arreció la pronta inercia de su oponente.