Garabito I y 2.951 kilos de carne

                     

Al poco rato de acomodarme en mi localidad venteña, veinte minutos antes de iniciarse el paseíllo, pensé para mis adentros: ‘con este vendaval, la corrida debería suspenderse’. El caso es que, en la Fiesta de los toros, al igual que en una antiquísima y popular fábula italiana, los ratones aún continúan decidiendo quién será el que ponga el cascabel al gato. Y así llevamos varios siglos: los toreros, de oro y plata, jugando a la ruleta rusa eólica; el respetable soportando sin rechistar un espectáculo condenado de antemano al fracaso y los cronistas taurinos insistiendo en que el dichoso viento imposibilita el dominio de los chismes, la idónea elección de los terrenos… ¿Ustedes lo entienden? ¡Yo tampoco! Ya ven por donde, los arquitectos e ingenieros del siglo XXI son capaces de rebasar los límites de lo imaginable, pero no hay hijo de vecino que encuentre una solución técnica a la plaza de toros de Las Ventas… del Espíritu Santo. Ése mismo que, tarde tras tarde, obra cuantiosos milagros.

A pesar de lo anteriormente expuesto, lo cierto es que el festejo de ayer tarde fue conducido a las mismas puertas del infierno por la manifiesta falta de raza de los mostrencos de la ganadería del Puerto de San Lorenzo. ¡Menudo coñazo! Salvo por el tercer toro de la tarde, el más fino y hechurado del basto encierro charro, los otros cinco morlacos encarnaron -2. 951 kilogramos de carne; casi para acabar con el hambre en el Cuerno de África- un lamentable muestrario de la mansedumbre y sus infinitos matices. Protestón y a la defensiva el primero; sin poder, desfondado y aletargado el segundo; encastadito pero rebrincado y descompuesto el cuarto; afligido, huidizo y rajado el quinto y tardo, reservón y orientado, fue lobo con piel de cordero, el sexto. Mansos para todos los públicos. Con semejante materia prima ¿de verdad quieren que les haga perder el tiempo explicando los persistentes intentos de los toreros? Señores, las autoridades sanitarias me lo prohíben taxativamente.

Menos mal que me puedo agarrar al enclasado comportamiento, por ambos pitones, del notable Garabito I. Ofreció López Simón su más reposado perfil en el coso venteño. Tras un hierático inicio de faena a pies juntos, salpimentado por un sorpresivo pase cambiado que fijó la atención del respetable, cuajó Alberto tres ligadas y administradas series en las que esperó, acompasó y profundizó las francas embestidas del ‘atanasio’. Incluso llegó a reducir las ya de por sí templadas acometidas. A renglón seguido, una serie de gobernados y acompasados naturales que, al segundo intento, requirieron de un inteligente toque fijazor. Con el toro lógicamente venido a menos, López Simón se recreó en el excesivo metraje de un trasteo que perdía intensidad. Para superar el bache, tiró de la caja de los truenos. A la tercera bernardina llegó un impactante volteretón tras el cual el toro -noble sí; también bravo- se enceló con el torero yacente. Descomunal la paliza. Aunque conmocionado, Alberto regresó a la cara de su oponente para acabar lo iniciado. Algunos espectadores censuraron su delirante intento, pero conseguido el objetivo, la plaza entera se rindió a López Simón. Cuando todo presagiaba una nueva puerta grande, Alberto intentó pasaportar al del Puerto tirando la muleta al hocico y encunándose entre los pitones. Ya saben lo que cantaba Rubén Blades: la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida. Tras dos fallidos intentos, el torero optó por la suerte más clásica de matar. Al final, ovación para el toro en el arrastre y la aclamación popular para el torero. Una lástima.

PD: quisiera resaltar los notables progresos de Yelco Álvarez tanto con el capote como con las banderillas. Menuda feria de San Isidro ha echado el torero que actúa a las órdenes de López Simón. Para no perder de vista en el transcurso de la presente temporada.