Los gritos del silencio

 

A primera vista, más hormigón que espectadores ¡Qué desazón! Y una intensa ventolera que, aún sin sonar los clarines del miedo, ponía muy cuesta arriba el desarrollo del festejo. El Maestro Ángel Teruel, acompañado por su hermano Pepe, aguardaba el inicio del paseíllo acomodado en una barrera del tendido 10. Lástima que hasta allí no se acercara ninguno de los integrantes de la joven terna ¡Ay, Señor! Mejor me muerdo la lengua. Quizá Galván, Ortega y Galdós fueran los menos culpables de tan maña desconsideración. Al lío que me pierdo.

Tras guardarse un minuto de silencio en memoria de Joselito ‘El Gallo’, se lidiaron seis toros herrados con los hierros de Valdefresno y Hermanos Fraile Mazas (3º y 4º), cinqueños y de descarados pitones; provistos de leña para pasar entero un largo y frío invierno. ¡Qué barbaridad! Todos ellos de abantas y frías salidas; lo propio en astados de procedencia Atanasio Fernández-Lisardo Sánchez. Le costó fijarse al primero, un toro de secas embestidas que siempre echó las manos por delante y fue desarrollando un molesto calamocheo. Progresivamente sometido con la mano derecha, Galván se echó la pañosa a la zurda cuando el toro cedió a descolgar las embestidas. Una tanda de ceñidos y exigentes naturales bastaron para que ‘Campero’ entregara la cuchara. Inteligentemente cerrado, el toro protestó lanzando una señora tarascada a la axila del torero, cuando éste le obligó a salir hacia los medios. Se libró David de la cornada por un pelo. Mató de estocada tendida tras pinchazo y saludó desde el tercio la primera ovación de la tarde. Frente al cuarto, más alto de cruz y ligeramente montado, David volvió a librarse del percance después de perder un pie, caer en la cara del toro y hacerse él mismo un oportuno quite salvador. Alcanzado el último tercio sopló el viento con saña. Imposible dominar la muleta ni al toro. Cada cite por el pitón derecho, fue como lanzar la moneda al aire. Festival de arreones y frenazos que Galván sorteó sin pestañear. Por el izquierdo, sabía el toro lo que se dejaba detrás y reponía con celeridad sus intempestivos viajes. Por más que David insistiera, ‘Madrileño’ apenas rebasó la frontera del segundo muslo. Titánico esfuerzo difuminado con la tizona. Se lió Galván a pinchazos antes de escuchar los gritos del silencio.

Ancho de sienes, corto de manos y de armónicas hechuras, el segundo en el orden de lidia fue medido en el caballo y banderilleado de categoría por Juan José Trujillo. Si bien ‘Lirio’ descolgó la cara y quiso ir hasta el final tras el capote del bregador, lo cierto es que el ´valdefresno’ no tardó en apagarse y comenzar a echar miraditas a un templado Juan Ortega que, a pesar del sosegado planteamiento de faena y la ausencia de toques defensivos, nos dejó con la miel en los labios. Eso sí, menuda fue la ejecución de la estocada. En corto y por derecho. Más propio del camino del Rocío que de la primera plaza del orbe taurino fue el quinto, un buey sin cuello que hizo de lobo con piel de cordero. Cabrón a más no poder, a Juan no le quedó más remedio que limitarse a lidiarlo sobre los pies. Aún con todo, la actuación del diestro sevillano rebosó torería. Sobre su manejo del estoque de cruceta, mejor correr un tupido velo. Por ello, también escuchó los dichosos gritos. Los del silencio.

Badanudo, hondo y cuajado fue el tercero, el más estrecho de sienes del encierro; de quitar el hipo por su impresionante lámina. Magníficamente picado por David Prados y quitado por ceñidas chicuelinas de Galván, a ‘Carasucia’ le costó tirar de su generosa anatomía y romana. Con todo, fue toro pronto, encastado y con transmisión. Se resistió Galdós a perderle un paso, a abrir hueco, con el solo objeto de traer enganchadas sus embestidas. Superado por la avalancha combativa, Joaquín abusó de los tirones y no pocos toques defensivos. Visiblemente incómodo, lo más destacado de la actuación del diestro peruano fue el monumental estoconazo con el que pasaportó al único toro con francas opciones de la desrazada corrida charra. El respetable le obligó a saludar desde el tercio una fuerte ovación. La última de la tarde. El basto sexto no fue para delante ni de salida. Bruto y desclasado, ‘Lisongero’ arrolló con todo lo que encontró a su paso. Incluida la escasa convicción con la que Galdós inició y desarrolló su desarbolado trasteo.