Más sabe el diablo…

                             

Por viejo que por diablo. Que se lo digan a Eugenio de Mora. Él antes que nadie se percató de las virtudes del único toro con ciertas opciones del basto, destartalado y manso encierro de El Ventorrillo. Por ser gravemente herido Sebastián Ritter en el transcurso de la lidia del cuarto astado en el orden de lidia -tropezó el colombiano con su capote al quitar por chicuelinas, cayendo a la arena y quedando a merced de un certero manso que le metió el pitón por el gemelo de su pierna derecha-, debió pechar con el sexto el maduro diestro toledano. Cinqueño como toda la corrida, estrecho de sienes, con las puntas señalando al cielo madrileño, badanudo, pechugón y redondo de los cuartos traseros, ‘Riachuelo’ exhibió desde su salida por toriles la virtud de la movilidad -con la cara colocada a su altura natural-. Más que suficiente para, tras un discreto tercio de varas y banderillas, instrumentar una sólida faena en la que Eugenio conjugó con atinado criterio las distancias, la media altura, el número de muletazos por serie, una progresiva exigencia y los generosos tiempos muertos entre tanda y tanda. Cierto es que la veteranía es un grado. Tras un tanteo con el que logró sacar al astado de su querencia, dos empapadas series en redondo, sin retirar de la cara la pañosa y ganando la acción al castaño, propiciaron la anhelada ligazón y los primeros oles de la tarde. Que ya era hora. Metido en la media distancia, con el toro algo más descolgado, sobresalió una tercera serie de medidos y relajados derechazos rematados con una trinchera marca de la casa. Cambiada la muleta a la zurda, llegó la emotiva reunión; también el aguante del torero que veía como el ‘ventorrillo’ acostaba sus viajes. Una posterior tanda rehilada en redondo y por la periferia, el manso amagaba con marcharse de la suerte, encontró el definitivo refrendo de la espada. Aunque el toro tardó un mundo en caer, llegaron a sonar dos avisos, De Mora paseó una merecida oreja. A lo dicho, más sabe el diablo…

Frente al manso que rompió plaza, tan bruto y protestón como presagiaban sus bastas hechuras, el toledano sorteó un destemplado tornado de arreones y gañafones que señalaron al pecho, las axilas y el cuello. Y miren que Eugenio es alto. Ni por descuido descolgó la gaita ‘Tripulante’, que llegó entero a la suerte suprema por no emplearse ni en una de sus informales arrancadas. El cuarto, abierto de cara, ligeramente montado, corpulento, largo de viga y atacado de kilos, manseó en varas y, como anteriormente les informé, hirió al desafortunado Ritter. Aunque noblote, ‘Guindón II’ fue para adelante a regañadientes. Su manifiesta ausencia de poder, celo y casta provocaron que, además de apoyarse sobre las manos, se aletargara en las telas. Si bien Eugenio retrasó los embroques y lo esperó, costó empujarlo un huevo y parte del segundo.

Sebastián Ritter únicamente pasaportó al segundo de la tarde, un toro corto de cuello y manos, reunido y con dos puñales por pitones, que se repuchó en varas y buscó las tablas en banderillas. Corto, desclasado y sin ritmo por el derecho, ‘Guindón I’, en su terreno, se dejó por el pitón izquierdo. Tardó el colombiano en sobar y, posteriormente, en encontrar el lugar y la distancia. Cuando ajustó las variables, Ritter trazó meritorios naturales a pies juntos rematados por debajo de la pala del pitón. Excedido en su quehacer, escuchó un aviso toreando. Después, se lió con el descabello. Con todo, saludó una ovación.

El primer ejemplar del lote de Francisco José Espada fue un bisonte. Después de saltar al ruedo no pude evitar acordarme de la película ‘Bailando con lobos’. Siempre con la cara a media altura, ‘Sufridor’ se frenó en seco cuando le bajaron las manos. Sucede que, a su altura, el feo y distraído castaño gazapeó y no se soltó de los engaños. Pesó un mundo por acostar y reponer una y otra vez sus pegajosos viajes. No le volvió la cara Espada que aguantó el envite y, lejos de perder unos pasos tras cada muletazo, se mantuvo en el ojo del huracán de la mansedumbre. Lógico que las series resultaran un tanto amontonadas, pero nadie podrá cuestionar la firmeza y decisión del madrileño. Incluso su solvencia. Resolvió la papeleta con frescura y la cabeza bien despejada. De ahí que algunos muletazos sueltos tuvieran temple y empaque. Lástima que se le atascara el estoque de cruceta. Al quinto, quizá el de mejor hechura de la tarde -es un decir-, le dieron de lo lindo en el caballo. No tuvo mala condición ‘Carroñero’; salvo por la tarascadita con la que remató sus acometidas por el pitón izquierdo, el hondo castaño únicamente esperó a que Espada lograra enganchar y gobernar sus complejas embestidas. Sin sometimiento no hay paraíso. Con el toro a su aire el empaste de ritmos fue una quimera. Con todo, Francisco José se pasó los pitones por la faja sin pestañear en un final de trasteo de gran exposición. Como le sucediera con su primero, el estoque de cruceta le jugó una mala pasada.