Pavoroso cornadón a Román

Se perfilaba Román ante el marrajo de Baltasar Ibán, un serísimo cinqueño de astifina encornadura que hizo tercero en el orden de lidia, cuando le advertí a mi compañera de localidad por lo bajini: ‘Román no se va a aliviar’. Dicho y hecho. Ejecutada la suerte suprema con descarnada rectitud, Román fue pavorosamente prendido por el sanguinario pitón derecho de ‘Santandero I’. Los gritos de terror surgidos de los tendidos desgarraron el expectante silencio monumental. Alcanzaba la seda añil de la taleguilla hasta la mazorca; sobre el pitón giraba el torero valenciano para quedar pendido bocabajo durante unos angustiosos segundos. Al rato, aterrizó forzosamente Román sobre la arena venteña con las carnes acuchilladas. Un charco de sangre, formado en un abrir y cerrar de ojos, desató todas las alertas. Trasladado de urgencia a la enfermería, aún hubo tiempo de que otro charco más cuajara en el callejón, delante del portón que da acceso a la enfermería. Ya entregado a las manos de los doctores, la plaza entera permanecía enmudecida y en estado de shock. Costó varios minutos volver a recobrar una aparente normalidad. Por fortuna, justo antes de abandonar la plaza, recibí en el móvil el esperado parte médico. A pesar del gravísimo alcance de la cogida, parece ser que las arterias se salvaron del espeluznante destrozo. Con todo, habrá que esperar a las próximas horas para calibrar la trascendencia del percance.

Antes del mencionado episodio, ‘El Sirio’ se libró por milímetros de la cornada al culminar un acongojante tercio de banderillas. El nefasto Gonzalo de Villa, con una decisión tan reglamentaria como inhumana, volvió a dejar en evidencia a quienes lo mantienen en el palco presidencial contra viento y marea. No lucía el díscolo y bronco ‘ibán’ las cuatro banderillas que exige la Norma ¿Y el sentido común? ¿Qué exigía el menos común de los sentidos? A quien corresponda la decisión de su radical destitución: mañana es tarde.

Cambiado el tercio, Román asumió la amarga responsabilidad de la lidia con entrega actitud y comprometida disposición. Siempre situado en la corta distancia y más allá del pitón contrario, al filo de un oscuro abismo, el torero aguantó estoico cada una de las tardas y belicosas arrancadas de un astado loco por quitarse de en medio todo cuanto encontraba en su camino. En un conmovedor alarde de vergüenza torera, intentó Román ligar el torrente de secos gañafones sin perder su eterna sonrisa. ¡Madre de Dios! Como repite sin cesar en las redes sociales mi amigo Juan José Sánchez: ‘Román siempre en mi equipo’. Imposible tragar más a un marrajo, que únicamente buscaba la oportunidad de arrancarle la cabeza de cuajo. Empecinado en someter las sediciosas tarascadas del cinqueño, llegaron entonces los frenazos en seco del toro en mitad de las suertes. Ni se inmutó Román, que consintió al ‘ibán’ hasta más allá de lo razonable. La intensidad del implacable cuerpo a cuerpo alcanzó su cenit cuando el astado se rajó y buscó el resguardo de las tablas. Aún hubo tiempo para trazar unos muletazos por los adentros, tras los que el matador cambió el estoque simulado por el acero. Después ya lo saben, sin duda alguna el momento más dramático del presente San Isidro. Y una oreja que vale su peso en oro.

Imagino que consternado, pero sin perder la calma, Curro Díaz afrontó la lidia del cuarto, otro cinqueño aleonado, corto de manos y escurrido del cuarto trasero, cuya lidia y muerte brindó a su compañero herido. Quedó la montera encima de las tablas frente a la enfermería. Se dice torería. Apoyado constantemente sobre las manos y ligeramente descompuesto, ‘Arloberio’ fue sometido y reducido de inicio. Entonces se sucedieron tres ligadas series de derechazos que, por su parsimonioso temple, administrado trazo y abandonada ejecución, ejercieron como bálsamo de la accidentada tarde de toros. El inspirado y hondo remate por bajo de la última serie diestra, la más profunda, fue un monumento al toreo. Con el toro agarrado al arenal madrileño, no hubo lugar para el toreo al natural. Tras cobrar una certera estocada hasta la empuñadura, Curro Díaz paseó una oreja unánimemente demandada por el respetable.

Frente al sobrero de Montealto que hizo primero, un ejemplar de buena condición que por su evidente falta de fuerzas y poder terminó empleándose a la defensiva y soltando la cara con aspereza, Curro cumplió el trámite con oficio y solvencia. El sexto, de exagerados pitones, corto de manos, vareado de carnes y escurrido de los traseros, fue un reservón e informal ejemplar, que nunca quiso ir hacia delante. Ordenar y atemperar semejante festival de regates, taponazos, frenazos y arreones fue misión imposible. Suficiente tuvo Curro Díaz de librarse, gracias a sus engrasadas muñecas, de que el toro le levantara las zapatillas del ruedo.

El toro de más francas opciones de la tarde abrió el lote de Pepe Moral. Ancho de sienes, fino de cabos, enmorrillado, de generoso cuello, bajo y sobrado de carnes, el bravo ‘Camarito’ recibió un severo castigo en varas y fue molido a capotazos por Vicente Varela. Con las embestidas contadas alcanzó el último tercio. Las justas para poner Las Ventas a revientacalderas. Sucede que Pepe Moral no logró encajar a tiempo las piezas del rompecabezas. Frente a su segundo, un toro incómodo, de descompuesta y áspera movilidad, nula entrega e inciertas intenciones, Pepe estuvo ausente. Dio la impresión de que, lo vivido en el angustioso traslado a la enfermería de Román, le sacó definitivamente de la corrida. Aunque parezca mentira, los toreros son humanos.