¿Qué has hecho, Pablo?

 

Foto: Toromedia

Con la ilusión renovada de un niño abandoné mi localidad a toda prisa; cruzada a la velocidad de la luz la terraza que mira a Triana, bajé a saltos los escalones que conducen hasta el paseo Colón y, en cuestión de segundos, me entremezclé entre la muchedumbre que esperaba a presenciar la salida por la Puerta del Príncipe de Pablo Aguado. Nadie me la contará, porque la viví en primera persona. Yo estuve allí. Empujado por mi desbordada afición pude sentir las voces rotas al grito de ‘torero, torero’, la agitada conmoción de los aficionados, las lágrimas incontenidas de los más allegados… ¡La que has armado Pablo!

Quisiera ser poeta para cantar la grandeza de tu tauromaquia; quisiera que estos renglones brotaran con la misma naturalidad que tu toreo; quisiera que mis palabras arrullaran la imaginación de cada lector del mismo modo que tú acariciaste las embestidas de ‘Cafetero’ y ‘Oceánico’; quisiera poder parar el tiempo como tú templaste, ralentizaste y acompasaste las arrancadas de dos ‘jandillas’ elegidos por el destino para ponerte en el cetro taurino de tu Sevilla del alma; quisiera que este comentario transmitiera la profunda emoción de tus colosales faenas; quisiera grabar con plena nitidez el recuerdo de los oles más hondos, brotados de las mismas entrañas, que jamás he escuchado; quisiera que no se acabara este día, que nadie me despierte de esta realidad que es sueño; quisiera hasta devolverle la vida a tu padre Julio para que esta noche fuera el hombre más feliz sobre la faz de la tierra. ¿Qué has hecho Pablo?

Pablo, ayer me abracé a desconocidos a los que tu toreo me fundió en un mar de conmoción; Pablo, con apenas veinticinco muletazos y un espadazo, pusiste a cavilar -me atrevería a decir que hasta les pusiste nerviosos- a dos figurones del toreo, dos monstruos, como ‘Morante de la Puebla’ y Andrés Roca Rey; Pablo, cuando caía el sol tras el puente de Isabel II, en mi cabeza sonaba la voz de Camarón de la Isla interpretando la bulería ‘Otra galaxia’; Pablo, después de que te lograran subir a la furgoneta para regresar al Colón, el hotel de los toreros en Sevilla, los aficionados aún sentíamos el vértigo que solo provoca el toreo eterno; Pablo, mi móvil está colapsado de tantos y tantos mensajes llegados desde todos los rincones del planeta del toro; todos quieren expresarse, cantar a los cuatro vientos los sentimientos y emociones que tú provocaste en esta tórrida tarde de la primavera hispalense; Pablo, es verdad, la perfección del toreo es imperfecta; Pablo, aunque me llames hereje, no lo puedo evitar, todo tú me recuerda al gran Pepín Martín Vázquez; es más, diría que eres su digno heredero. Pablo, por hoy es más que suficiente; no me apetece seguir escribiendo. Ahora me voy a vagar por las calles de Sevilla a saborear esta borrachera en la que me has sumergido. Pablo, torero, ¿aún no te he dado las gracias? No tengo perdón de Dios. Gracias, ¡torero!