Que nos quiten lo bailao

       

Asistió Su Majestad el Rey Felipe VI a la corrida extraordinaria de Beneficencia. La presencia del monarca dio alas a los envalentonados amantes del gintonic, convirtiendo los tendidos de la Monumental venteña en un insoportable corral de comedias. ¡Qué afán de protagonismo! Tantos vivas -a España, al Rey y a la madre que nos parió- desnaturalizaron el devenir del festejo más significado de la temporada taurina. Menuda tortura. También para los toreros.

Por su manifiesta ausencia de fuerzas, el respetable condenó a la indiferencia la infinita calidad de ‘Luminoso’, un hechurado ‘cuvillo’ que perdió una y otra vez las manos de tanto entregarse en sus enclasadas acometidas. Abstraído de las perseverantes protestas, consciente de que la faena era imposible de remontar, ‘El Juli’ decidió aprovechar su oportunidad; limpiado el leve derrote con el que el toro remataba sus iniciales embestidas, Juli recreó el cuerpo central de su trasteo por calibrados y pulseados naturales. Hasta el punto de que una mayoría terminó entrando en su templada labor. Rematada de una estocada entera y trasera en todo lo alto, el maestro madrileño saludó desde el callejón una tímida ovación.

Dispar y fea hechura exhibió el tercero de la tarde, un ‘cuvillo’ de ilustre reata, ancho de sienes, hecho cuesto arriba y despegado del ruedo que, de salida, hizo cosas de burriciego. Y de bruto. Apretó para los adentros ‘Esparraguero’, que terminó cazando a Víctor Hugo Saugar ‘Pirri’ cuando, tras clavar un par de banderillas, se adentraba por la tronera del burladero de la segunda suerte. Casi sin darnos cuenta, el toro propinó una grave cornada de 35 centímetros al eficaz torero madrileño. Encastado, poderoso y desclasado, Urdiales tardó nada más que una serie en apretar las tuercas al díscolo astado. Lo hizo como si nada, con un apabullante dominio y poder. Mano de hierro y ni una sola concesión al toro en la gobernada y sometida tanda de derechazos, rematados por debajo de la pala del pitón, que antecedió al toreo por naturales. Por el lado izquierdo consintió Diego que el toro pasara a milímetros de las espinillas. No por ello perdió su natural asentamiento y encaje. La siguiente tanda fue un prodigio técnico por el modo en que el maestro apretó y soltó las embestidas a su entero antojo. Impuesta su ley, un nuevo encuentro para soltar los vuelos de la muleta y acompasar las repetidoras acometidas. Simplemente soberbio. Cerrado el toro, naturales a pies juntos, una honda trincherilla y un último muletazo por bajo y con la rodilla apoyada sobre la arena que recordaron al gran Sánchez Puerto. Llegado el momento de la suerte suprema, Urdiales atravesó una estocada que hizo guardia. Como diría un castizo: ‘que nos quiten lo bailao’.

Jabonero, basto y pezuñón fue el mostrenco que hizo quinto. Más propio de las calles que la primera plaza del planeta del toro. Le bajó las manos ‘El Juli’ con el capote y, sorprendentemente, se deslizó por ambos pitones ‘Guerrita’. Tras el primer encuentro con el caballo, un mecido y templado quite a la verónica, rematado con una media almibarada. Economizado hasta la llegada del último tercio, el exigente inicio de faena advirtió a Juli del medido fuelle del toro. Precisamente reguladas todas las variables -tiempos, distancias y alturas-, afianzado el ‘cuvillo’, Julián alternó ambas manos en un deslumbrante trasteo, un compendio técnico de tauromaquia, de más a mucho más. Cuando el ambiente iba camino del premio ‘gordo’, el madrileño falló a espadas. Vuelvo a repetirlo: ‘que nos quiten lo bailao’.

Devuelto a los corrales por inválido el sexto, saltó al ruedo un castaño sin cuello de la ganadería de La Reina -propiedad del maestro ‘Joselito’-. Desatadas las gargantas en un ensordecer y cansino griterío -la mecha la prendió un polémico ¡Viva la República!-, el contrariado Urdiales apostó por el desafinado pitón izquierdo de ‘Clarinete’. Algo le vería.  Aunque acostado y falto de ritmo, el toro no hizo más que buscar atajos para no desplazarse hasta el final, Urdiales logró empujar las renuentes embestidas gracias a su firmeza y la soltura de su cintura y muñeca. Haciendo un ímprobo esfuerzo por meter al distraído respetable en su labor, el de Arnedo hizo un alarde de colocación con el pecho siempre por delante; también de su milimétrico y sutil manejo de las telas. Una pena que ayer Madrid no estuviera por la labor. O no quisieron o no supieron enterarse. Ellos se lo perdieron.

También protagonista del festejo, Diego Ventura pechó con dos deslucidos mansos de Los Espartales. Distraído, parado y descompuesto el complicado primero. Descastado el segundo que dejó estar. Expuso con generosidad el rejoneador sevillano que terminó montándose encima del cuarto en el orden de lidia. Dispuesto a no marcharse en blanco de su fortín venteño, Ventura colocó a lomos de ‘Dólar’ y sin el cabezal un colosal par a dos manos que, por sí solo, valió la oreja que terminó arrancando del deslucido ‘Jardinero’.