‘Quintos’ de público

Quisiera contarles que la familia Martínez Conradi abrió la feria de San Isidro lidiando un fenomenal encierro. Sucede que, por más que mi corazón gris empujara de los toros con divisa encarnada y amarilla, a la corrida de La Quinta le faltó raza, fondo y entrega. Vayamos por partes. Rompió plaza un astado de astifinos pitones, corto de manos y apretado de carnes que, de salida, echó la cara abajo y las manos por delante. Nada más que cumplidor en varas, ‘Malastardes’ -tiene cojones el nombre- pronto cantó su falta de raza y fuerzas para rematar sus aletargadas o defensivas acometidas, que de todo hubo. De dudosas intenciones, las muchas limitaciones del toro fueron tapadas por el resuelto y solvente trasteo de Rubén Pinar.

El primer ejemplar del lote de Javier Cortés escuchó palmas de salida. Estrecho de sienes, veleto, de regordío cuajo y vistosa capa, ‘Bailador’ se movió con transmisión, pero sin entrega. De mejores inicios que finales y un potable pitón izquierdo -por el derecho no se abrió ni lo más mínimo-, el cárdeno permitió que Javier Cortés le cuajara tres breves y ajustadas tandas de naturales, de apretado embroque y regulada exigencia, aunque un tanto aceleradas. Confirmado que, por el pitón derecho, el toro no se soltaba de las telas y reponía los viajes, Cortés volvió a la zurda para retrasar los embroques y empujar las cuatro últimas arrancadas. Tras cobrar una estocada trasera y atravesada, el madrileño saludó una ovación.

Al tercero en el orden de lidia, generosamente armado, badanudo, fino de cabos, más alto de cruz y despegado del ruedo, lo saludó Thomas Dufau con una emotiva larga cambiada a portagayola. Severamente castigado en varas, ‘Coronel’ desarrolló una encastada y mentirosa movilidad que puso al público de su parte. Ahora bien, lo cierto es que, durante el último tercio, el toro tardeó, escarbó, acometió a su aire, casi siempre salió con la cara por encima del palillo y pegó algún que otro arreón de genio. Frente a él, Dufau mantuvo vertical compostura y un firme planteamiento que no alcanzó a conectar con el respetable.

Encogido saltó al ruedo el segundo del lote de Rubén Pinar, un morlaco ancho de sienes, tan astifino como sus hermanos de encierro, corto de cuello y bajo que descolgó la cara y fue desplazándose cada vez más largo por el lado derecho. Noble y mansito, ‘Jinete’ permitió que Pinar corriera la mano con desparpajo y aseo y que engarzara los derechazos tomándose alguna que otra ventaja. ¿O simplemente se trató de un recurso para alcanzar la anhelada ligazón? Doctores tiene la Santa Madre Iglesia. Al margen de teorías, la realidad es que Rubén señaló un pinchazo hondo sin soltar antes del definitivo espadazo. Llegado el momento de la valoración pública, más palmas que silbidos.

Veleto, descarado, largo de manos y agalgado, el quinto fue el más Saltillo de la corrida. Derribó ‘Fogoso’ al caballo al primer encuentro. Magistral fue el segundo puyazo de Juan Francisco Peña ¡Qué manera de agarrarse! Un verdadero espectáculo tras el que el presidente se empeñó en una tercera entrada contra la voluntad de Cortés, su lidiador. Y todo para que casi transcurrieran cinco minutos mientras el toro dejaba patente su voluntad de no arrancarse al caballo. Incomprensible. Finalizado tan hilarante capítulo, el astado continuó moviéndose de cara a la galería, sin humillar ni emplearse. Más listo que templado, Cortés lo quiso pronto. La evidencia indicó que, a mayor exigencia, más cortos fueron los viajes del cárdeno.

Remato el festejo inaugural, un sexto de generosa caja, largas manos y excesivos kilos, que no rompió para delante y tomó dos varas de refilón. Desrazado, soso y gazapón, ‘Ramonero’ dijo muy poco y pronto se quedó sin inercia. Y Dufau sin argumentos. Exactamente igual que servidor de ustedes. Y, sabe Dios, que quería contarles que los toros de los Conradi… pero no, lamentablemente no.