Rendidos al maestro Ferrera

                                         

Que me perdonen Curro Díaz y Luis David Adame -a ambos les presento de antemano mi admiración y respeto-, pero hoy dedicaré en exclusiva mi comentario al maestro Antonio Ferrera. Intuía el respetable venteño la apoteósica tarde de toros que ofrecería el torero extremeño. Nada más romperse el paseíllo, comenzó a sonar una ovación que poco a poco fue tomando cuerpo. No le quedó más remedio al torero que salir al tercio a recoger el respeto y el cariño de la cátedra venteña. Si es que Madrid, al margen de contadas excepciones, es para comérsela. Al lío que me pierdo y termino hablando del lenguaraz Rubén Amón. Para Ferrera fue el primer ‘zalduendo’ de la calurosa tarde que abrió el mes de junio; un toro cinqueño, armado, corto de manos, algo montado y hondo, que embistió de salida a su aire y con buen son; apenas castigado en varas, el enclasado y templado ‘Bonito’ llegó entero al último tercio.

Sin probatura alguna, Ferrera comenzó su faena toreando vertical, encajado y sin la ayuda; dispuso desde el inicio el torero una inspirada y emotiva labor, rebosante de naturalidad. Pura orfebrería torera. Una improvisada obra de arte sin patrón ni moldes. Arte con mayúsculas. Enganchó, acompasó y ahondó Antonio al notable astado a su entera voluntad. Los vellos de punta. Y los aficionados mirándose unos a otros con incredulidad, sabedores de asistir a uno de los más significados acontecimientos del presente San Isidro. Puede que de muchos San Isidros. Dejó Ferrera brotar su extraordinaria sensibilidad torera por y para Madrid. Abandonado el cuerpo y rota el alma. El triunfo de la personalidad de un torero que, sorprendentemente, se dispuso a ejecutar la suerte suprema a más de diez metros de la cara del toro. Arrancado pronto al cite el encastado ‘Bonito’, atinó Ferrera a profundizar hasta la empuñadura la desprendida espada. Un unánime estallido de los tendidos, certificó la colosal dimensión de lo vivido. Por todos, menos por un insensible presidente que se resistió a conceder una segunda oreja que más tarde compensaría. Hay que joderse con los usías. Clamorosas fueron las dos vueltas ala ruedo.

Traspasado el ecuador del festejo, se hizo presente un toro acodado de pitones, corto de cuello, alto de cruz y de quebrado lomo, que se empleó en el peto del caballo por su generoso poder y, por lo visto tras el arrastre, por su notable fondo. Más largo por el pitón izquierdo que por el derecho, trató Ferrera de ayudar a su astado en redondo haciéndole hueco por delante y perdiéndole inteligentemente unos pasos tras soltarlo del engaño. Sinceramente, quién daba un céntimo de euro por ‘Cítaro’. Da igual. Ya con la zurda, Antonio cuajó dos sensacionales series de naturales antes de que el toro cantara la gallina. Su impoluta colocación, los inteligentes tiempos muertos entre muletazo y muletazo y el calibrado manejo de los vuelos de la pañosa obraron el milagro del toreo. Nada le importó a Antonio que el toro huyera a las tablas. Hasta allí se fue para continuar desnudando su alma. Y para dar rienda suelta a la improvisación. Rebosante la torería de su espontáneo y preciosista quehacer. Como respuesta de los tendidos, conmovedores oles, que no olés. Un verdadero manicomio.

Para qué entrar en más detalles. Al carajo con la dichosa técnica. Que sí, que todo lo sustenta. Pero lo de Antonio ayer tarde en Las Ventas es difícil de contar. Más aun de explicar. Recuerdo un día en Sevilla que el propio Antonio me advirtió: ‘no Alfredo, no. Por mucho que te empeñes, ni todas las preguntas tienen respuesta, ni todo puede ser explicado’. ¡Qué cabrón Antonio! Por fin hoy he logrado entender sus palabras. Me rindo a la evidencia de su toreo. Como se rindieron todos los presentes en Las Ventas. También a sus últimos muletazos, que fueron arrebatadas cinceladas. Se resistía Antonio a abandonar la cara del toro, venido a más, que todo hay que decirlo. Sonó un aviso antes de montar la espada. Entonces se volcó sobre el toro como si en ello le fuera la vida. Admito que no me percaté de su colocación. Para entonces, servidor estaba completamente embriagado por la efeméride. Se pidieron y se concedieron las dos orejas. La segunda de ellas protestada por un minoritario sector del público. Como casi siempre me mantendré al margen de cuestiones que más tienen que ver con la casquería. Pretendo finalizar estas líneas contándoles la emoción de la más conmovedora puerta grande que recuerdo. En esta ocasión menos multitudinaria, pero mucho más sentida y reposada. Por respetuosa. Las lágrimas del maestro, enfundado en su flamante terno verde Esperanza y oro, lo decían todo. Al fin y al cabo, el de ayer, fue el triunfo de toda una vida en torero.