Roca Rey se consagra en Las Ventas

Aún no he logrado metabolizar el torrente de emociones vividas ayer tarde en la Monumental de Las Ventas. Por más que pasan los minutos, incluso las horas, un nudo interno me impide canalizar mis sentimientos. Reconozco que me amontono emocionalmente; son miles los comienzos de columna imaginados en mi cabeza durante el camino de regreso a casa. Para qué engañarles, ninguno de ellos me satisface. Así que utilizaré la ‘táctica Aguado’, la que utilicé hace apenas doce días cuando Sevilla descubrió a su anhelado torero. No me queda otra que vencer al pudor.

Al igual que sucedió durante la pasada, y recordada, Feria de Abril, Roca Rey volvió a levantarme de mi localidad para arrancarme de las mismas entrañas roncos oles. Lo hizo mientras la noche caía sobre la capital del reino -el de España-; al mismo tiempo que el tendido eléctrico acentuaba los brillos y destellos de su remendado ‘chispeante’. Sucede que, cogido y zarandeado por el sobrero del Conde de Mayalde que lidió en primer lugar, el diestro peruano debió de pasar a la enfermería para ser intervenido, bajo anestesia local, de una cornada de seis centímetros en la cara posterior del muslo derecho. Regresó Andrés al ruedo para estoquear al jurásico ‘parladé’ que hizo sexto en el orden de lidia. Digo jurásico por lo viejo -cinco años largos- y lo grande. Como toda la corrida.

A todo esto, seguro que ustedes han pasado por alto el ‘puntacito’ de seis centímetros. Una nada. Un poco de esparadrapo y listo. ¡Por favor! ¿Tan insensibles nos hemos vuelto? Personalmente, considero una hombrada, qué cojones, una heroicidad, volver al epicentro del planeta del toro, para jugarse la vida a carta cabal frente a un cuajado galán que se arrancó a la muleta como un AVE lanzado a velocidad máxima. Es un hecho que ‘Maderero’ fue toro manso y huidizo durante los dos primeros tercios de la lidia. Mientras Andrés aguardaba en la arena a que su mozo de espadas le entregara la pañosa, el estoque simulado y la montera, el recuerdo del quinto toro del festejo, rajado y reculado en tablas nada más iniciada su faena López Simón, hizo temernos lo peor. Sean sinceros y respondan a una simple pregunta: ¿cuántos de ustedes imaginaban que el cinqueño listón de Juan Pedro rompería a embestir como si no existiera un mañana? Les he rogado sean sinceros. ¡Pues eso! Apenas unos centenares -tiro por alto- de optimistas. La minoría. Pero una minoría marginal, casi insignificante. Admito que yo no me encontraba entre ellos. Así es el toro; cada tarde te receta una, o varias, dosis de humildad. Queda tanto por aprender.

Buscó el paciente y encajado Andrés los medios para iniciar su rotundo trasteo cambiando el viaje a un toro que le rebaño una y otra vez los riñones y se escupió de la suerte de más. Por fortuna siempre terminó regresando. En un colosal cambio de mano, cantó el encastado toro el peso y la severidad de sus embestidas por el pitón izquierdo. Fijado el terreno, Roca Rey optó por la larga distancia. Verse arrancar al toro de lejos fue un verdadero espectáculo. Unan a ello la proverbial templanza de una muñeca capaz de atemperar y ralentizar semejante marea de poder y combatividad en solo cinco derechazos. Simplemente, deslumbrante. Ya con las mandíbulas desencajadas, siempre con un inteligente tiempo entre serie y serie, la precisa sucesión de dos reunidas, gobernadas y ligadas tandas en redondo, de creciente sometimiento y profundidad. Hasta el infinito y más allá en otro cambio de mano de 360 grados con el flexible toro literalmente enroscado a la cintura. Para entonces, los tendidos bramaban enardecidos.

Quedaba pendiente la mano izquierda. Metido en la media distancia y haciendo alarde de una impoluta colocación -por si quedaban dudas-, Andrés hubo de enganchar y tirar de las acometidas hasta detrás de la cadera. Impuso el peruano su voluntad. Y apretó las tuercas del sometimiento de veras. Una tanda más de cinco naturales cumbres; siempre la muleta muerta en el hocico para enganchar y ahondar en el fondo de un toro que, exprimido y conducido a sus límites, buscó las tablas. Enloquecida la plaza, entregado Roca Rey, unas inverosímiles bernardinas rematadas con una torera trincherilla, precedieron a un soberano estoconazo hasta los gavilanes y por el hoyo de las agujas. Entonces un catarquico estallido de unos tendidos teñidos de blanco. Los vellos de punta. El delirio. Y, como me sucediera en Sevilla hace doce días, una nueva carrera para, esta vez desde la distancia, presenciar la tercera puerta grande de Andrés en Las Ventas. Puede que la de su definitiva consagración. Es verdad, Roca Rey convenció y enloqueció a la cátedra venteña. Y, de paso, puso en ebullición una temporada que promete ser apasionante. No cabe más ilusión.