Tomás Rufo en su momento

Se movió el armado y desigual encierro de Zacarías Moreno. Sin clase y muchas incógnitas por despejar el geniudo primero; venido a menos el desfondado segundo; descompuesto y a la defensiva el tercero, tardo, protestón y atrancado de los cuartos traseros; a regañadientes el noble cuarto; con pegajosa incomodidad el simplón quinto y sin entrega ni empuje el desclasado sexto. Les faltó a los utreros madrileños fondo y finales.

Ratificó Tomás Rufo en La Misericordia que éste es su momento -lástima que finalice la temporada-. Capaz de gestionar terrenos y distancias con deslumbrante intuición; de encajarse o abandonarse a su entero antojo según las circunstancias de la lidia; de pulsear y no dejarse topar los rebozados chismes; de imponer el ritmo y trazo de los gobernados muletazos de manera implacable. Y de tirar de las embestidas y soltar las muñecas, como demostró frente al cuarto en el orden de lidia. Que el toledano no abandonara en hombros el coso maño únicamente se debió al insuficiente empuje de la empuñadura de la espada.

Fernando Plaza tampoco redondeó en Zaragoza ninguno de sus dos trasteos. Sin embargo, el sosegado novillero madrileño sigue quedándose muy quieto, ofreciendo los vuelos de los engaños con sutileza y pasándose a los astados lo más cerca y despacio posible. Esas son, desde luego, sus intenciones. Lució Fernando con más intensidad cuando su primero comenzó a perder fuelle y a aletargarse en la pañosa. Por el contrario, frente al manso y soso quinto pecó de huevón. Y de no concretar la estructura y sentido de su labor. Quizá el morlaco le contagiara con sus simplonas y vacías acometidas.

Duro recuerdo le traería el ruedo de La Misericordia a Alejandro Mora, gravemente herido en Zaragoza la pasada temporada. Como bien nacido, el agradecido novillero brindó su primera actuación al doctor Val-Carreres. Pronto sin inercia y remiso a embestir, el protestón tercero demandó un aguante y un sobresfuerzo que Alejandro ofreció en los adentros sin pestañear; salvo a la hora de irse tras la espada. Frente al ejemplar que cerró plaza, el rubio sincronizó con tino los embroques con la mano derecha y reguló con suavidad las alturas. También le puso mucha expresión al toreo en redondo. Falta le hacía a su oponente. Por el pitón izquierdo, a pesar de estar avisado desde la salida del novillo, se relajó antes de tiempo. De ahí los inoportunos desarmes. Cuando regresó la muleta a la mano diestra, el toro se había consumido. Punto final.

Alfredo Casas Torcida (@casastorcida)