Tres toros de bandera de Domingo Hernández

Foto: Toromedia

Secado el dichoso teclado, superada la crisis informática -les ruego disculpen la demora-, me lanzo a valorar brevemente lo sucedido en el ruedo de la Maestranza ayer tarde. A caballo se lidiaron dos cuajados galanes de Los Espartales de dispar juego y, a pie, cuatro toros de Domingo Hernández, de menguadas hechuras y, a excepción del geniudo y agarrado quinto, de fenomenal comportamiento. Bravísimo el primero de ‘El Juli’, un pronto, combativo y encastado colorado, de significado empuje, que no consintió la más mínima duda. Enclasado a más no poder el tercero en el orden de lidia, un colorado chorreado en verdugo de descolgadas, profundas y repetidoras embestidas. Una pera en dulce para soñar el toreo. Y un sexto también bravo, una máquina de embestir que terminó aburriéndose de la tosca y desgobernada muleta de Cayetano. Menudo fue el lote del menor de los hermanos Rivera Ordóñez. ¡De Puerta del Príncipe! Así de claro.

Condicionado por un molesto e incesante aire, ‘El Juli’ no pudo elegir los terrenos más propicios para la lidia ni dominar los vuelos de su franela. Difícil papeleta que provocó la evidente incomodidad y contrariedad del diestro madrileño. No alcanzó Julián a someter y gobernar el torrente bravo de ‘Cuarenta’, razón por la que finalizó contemporizando en la corta distancia. Frente al complejo quinto, de renuentes y díscolas acometidas, ‘El Juli’ hizo un generoso esfuerzo. Tras ajustar terrenos, distancias y alturas, el torero terminó ayudándose con la voz. Recurso que surtió efecto casi en las postrimerías de un laborioso trasteo de escaso eco en los tendidos.

Cayetano, muy pendiente de todo lo accesorio y externo, fue sobrepasado de principio a fin por la inagotable y desbordante calidad del primero de su lote. El implacable ‘Polizón’ desenmascaró sin pudor -los toros no conocen el árbol genealógico- las infinitas limitaciones de la tauromaquia de Cayetano. Salvo a la hora de la suerte suprema. Rubricó el matador su faena de entregada y sincera estocada en lo alto y hasta los gavilanes. La vuelta al ruedo se la dio el torero desairado con la presidencia y por su cuenta. Frente al ejemplar que cerró plaza, de bravo fondo pero que no regaló nada, el diestro cuajó una faena de más a menos en la que acabó pagando su innegable dificultad para tirar de las acometidas de su ya pesado ejemplar. Y es que, cuando la inercia se acaba y los toros se paran… No importa. Cayetano tiene hecha su temporada y Juan Ortega sigue viendo la mayor parte de los festejos por televisión.

Capítulo aparte merece un entregado e inspirado Diego Ventura que malogró la salida a hombros por la puerta del Príncipe con su desatinado manejo del rejón de muerte. Cachis. Templó y ajustó al milímetro los emotivos embroques frente a su noble y encastado primero, un toro con el que toreó a placer e impuso su entera voluntad. Con su segundo, más parado y complejo -siempre soltó la cara en los embroques-, Ventura construyó una sólida, intensa y sorprendente actuación que provocó la incredulidad y el delirio del respetable. Lástima que los pinchazos con el rejón de muerte nos dejaran tan amargo sabor de boca. Diego volvió a demostrar que, lo suyo, es de otra galaxia.