Ultraje al toro bravo

Foto: Toromedia

Clama al cielo que, tras la apoteósica faena de Roca Rey al ‘cuvillo’ que cerró plaza, la presidencia negara la vuelta al ruedo a ‘Encendido’, un bravísimo toro que fue arrastrado por el tiro de mulillas a toda velocidad. Menos mal que la afición hispalense acompañó el último viaje de tan excepcional astado con una atronadora ovación. Sinceramente, no me tiembla el pulso al valorar la cerrazón del usía como un imperdonable ultraje a ‘Encendido’ y, por correspondencia, al toro bravo. Puede que para algunos de ustedes el lapsus presidencial no pase de la anécdota, pero, para quien estas líneas escribe, se trata de un agravio que hace tambalear los mismos pilares de la tauromaquia. Sobre todo, porque la afrenta viene desde, supuestamente, uno de los nuestros. El primero de los mandamientos de todo aficionado afirma: ‘amarás al toro bravo sobre todas las cosas’. ¡Ay los prejuicios! El miedo al qué dirán los aficionados de barra. Y las dichosas redes sociales. ¡Qué lástima, de verdad!

Ni una sóla palabra más para un hecho que no debe de ensombrecer la deslumbrante faena de Roca Rey a ‘Encendido’, un toro de excepcional fijeza, clase y ritmo; noble que no pastueño o tonto; de enceladas, repetidoras y profundas embestidas por ambos pitones. Que respondió a la progresiva y creciente exigencia de Andrés – ¡vamos si le apretó! – con mayor entrega. Bravo a más no poder. Y conste en acta que al toro apenas se le castigó en varas; nada más que lo justo para cumplir el trámite reglamentario. Es por ello por lo que no menciono en mi comentario al pañuelo naranja. Prevalezca el sentido de la medida.

¿Y Roca Rey? Para empezar les diré que, cinco minutos después de haber abandonado el coso maestrante, los vellos de todo mi ser aún permanecían erizados ¡Qué emoción! No, no pienso enmarañarme en cursilerías. Ni en barrocas descripciones que, por más que lo intente, no lograrán hacerles comprender lo vivido durante la colosal faena de Andrés. Además, a fuerza de ser sincero, a mitad de trasteo mi bolígrafo y mí cuaderno de notas habían volado. ¡Y el móvil! -por fortuna los recuperé intactos-. Desde entonces, no pude volver a pegar el culo a mi localidad. Mantenido en pie, me quedé afónico prolongando ‘oooooles’ que nacieron de lo más profundo de mis entrañas. Una auténtica locura. La sinrazón de un periodista, por encima de todo un aficionado, entregado a la gobernada, ralentizada, honda y rebozada muleta de Roca Rey. A fuego quedaron grabados en mi memoria los círculos del toreo de los que un día le escuché teorizar al maestro Luis Francisco Esplá. Maestro ¡existen! Para finalizar, confieso que aún sigo impactado y que esta noche, como llegarán otras muchas, al apagar la luz de la mesilla y cerrar los ojos, encenderé el vídeo de la memoria y sonreiré. Así de simple.

A la soberbia actuación de Andrés, le precedió un trasteo a cara de perro frente a un poderoso, encastado y áspero ejemplar, ofensivo, alto de cruz y montado. Quiso el torero mantenerse siempre en el sitio donde queman las zapatillas, someter desde el comienzo y no dejar pensar a un astado de díscola condición, al que siempre mantuvo a raya. Tragó Andrés litros y litros de quina; soportó sin pestañear vencidas embestidas y secos gañafones que no lograron doblegar su férrea voluntad. Lástima que la desacertada rúbrica con los aceros emborronara una estóica, gallarda y aguerrida labor.

Además del sexto, salvando las distancias, de la desigual corrida de Núñez del Cuvillo destacó el lote de José María Manzanares. Fijo, encastado y noble el segundo en el orden de lidia, un toro al que el alicantino compuso un interminable trasteo, con más tiempos muertos que un partido de la NBA, en el que no logró ordenar ni imponer el ritmo a su manejable oponente. Frente al quinto, Manzanares volvió a exhibir su registro más conservador y aliviado. Ahora bien, la espada, el famoso tapabocas, volvió a funcionar como de costumbre. Y todos tan contentos. Es verdad, no se puede discutir que José María es el consentido de Sevilla. Por algo será.

Sebastián Castella regresó inédito al callejón tras pasaportar diligentemente a su primero, un inválido que debió de regresar a los corrales antes siquiera de cambiar al segundo tercio. Tampoco su segundo toro anduvo sobrado de raza y fuerzas; es más, patente quedó su descastado juego. Con todo, Castella se dejó ir con un plano y previsible planteamiento de faena que no encontró el menor eco en los tendidos. Le queda la de Miura. Otra historia.