Un lote para consagrarse

Con el Reglamento Taurino en la mano, no tengo ningún tipo de duda de que Ginés Marín debió de añadir a su estadística particular una nueva puerta grande venteña. Lo cierto es que el público soberano demandó mayoritariamente la oreja del encastado Garcigrande que cerró plaza. Sucede que el presidente Juan Magán, haciendo prevalecer su criterio personal -seguramente idéntico al mío-, se pasó por el mismísimo arco del triunfo el artículo 84.2 del dichoso Reglamento. De ahí el desconsuelo del torero extremeño, obligado a dar dos vueltas al ruedo, y la bronca con la que el respetable increpó al usía por hacer de su capa un sayo; también por autoerigirse en defensor de la maltrecha categoría de Las Ventas. Siempre con la misma cantinela. Con lo fácil que es limitarse a hacer cumplir la Norma.

No, prometo no escudarme en la antirreglamentaria decisión del señor Magán para argumentar el hecho de que Ginés Marín debió de alcanzar el cielo madrileño y, finalmente, no lo hizo. Antes de que ‘Afortunado’ emocionara a los tendidos con sus enrazadas, descolgadas y profundas embestidas, dispuso el académico torero extremeño del bravo fondo de un superclase llamado ‘Poeta’, que debió ser premiado con la vuelta al ruedo. Menudo fue el lote del afortunado Ginés Marín. Para consagrase por los siglos de los siglos. Hay que tener mucho cuidado con lo que uno desea.

Protestado de salida, el hechurado colorado acabó con toda polémica en cuanto empezó a deslizarse, ralentizarse y entregarse tras el mecido capote de Ginés. Rugieron los tendidos al compás de unas soberbias verónicas, antes de que el toro empujara fijo en el peto del caballo y se rebosara con desbordada calidad al pulseado dictado de Jesús Díez ‘Fini’. Inició Marín su faena abriendo al toro a los medios. Natural el paso; coreadas las recreadas trincheras y los hondos muletazos por bajo; también cantados un sutil cambio de mano ligado a una torerísima trincherilla, que hacían presagiar el éxtasis. Dos encajadas y fluidas series de largos muletazos en redondo, precedieron al toreo al natural. Por el izquierdo, el fijo y pronto ‘Poeta’, más que por los versos endecasílabos se decantó por seguir surcando la arena por heptasílabos de menor recorrido; caída la intensidad del trasteo, el de 2019 es el San Isidro del frenesí, el diestro extremeño retomó la mano derecha para rehilar las pausadas y entregadas embestidas sin soltarlas del engaño. En un cerebral intento de abandono -soy consciente de la paradoja-, Ginés volvió a cambiarse la muleta a la zurda para enroscarse a cámara lenta la más profunda arrancada de tan ilustre toro. A falta de la definitiva serie que desatara la pasión, el toro volvió a refrendar su sobresaliente condición y fondo en unos exigentes doblones finales. ¡Ay carajo! Entonces rubricó Marín su intachable y contenido quehacer con una certera estocada trasera. La brava y romántica muerte del toro terminó de decantar la balanza del lado del toro de Domingo Hernández. Una oreja. Y punto.

El ultimo ejemplar de la tarde, de más basta y simplona lámina, fue milimétricamente administrado durante los dos primeros tercios de la lidia. Locos por quedarse a solas; despejado el ruedo; pronto y en la mano izquierda, saltaron las chispas. Más enfibrado el torero, encastado y con transmisión ‘Afortunado’. El benévolo azar ofrecía una nueva oportunidad a Ginés Marín. Alternó ambas manos el torero mientras el astado respondió fijo y descolgado a la exigencia. Entonces el toro comenzó a restar profundidad a sus viajes por el pitón derecho o Ginés retiró el engaño antes de tiempo. Quién sabe. Además, el viento molestó. El caso es que la faena pasó por un bache en el que los ritmos se desajustaron. No importa. Una postrera serie de inquietantes bernardinas -la suerte de moda en la primavera isidril-, recuperaron el electrizante tono inaugural. Un pinchazo antecedió a la decisiva estocada; entonces los tendidos pidieron con fuerza la oreja. El resto de la historia ya la conocen.

Poco más argumento tuvo el vigésimo tercer festejo de abono. El cinqueño y cuajado toro de Buenavista que remendó el encierro titular y rompió plaza, se afligió y desfondó en un abrir y cerrar de ojos. Y el deslucido cuarto, también cinqueño, arrastró los cuartos traseros y tras ponerse a la defensiva, sacó malas pulgas y agudizó su orientado sentido. El vehemente mosqueo de Sebastián Castella se tradujo en un feo y letal sartenazo. Aquí paz y después Gloria.

Ancho de sienes, fino de cabos, despegado del ruedo y hecho cuesta arriba, el segundo en el orden de lidia lució un aspecto juvenil. De engañosa movilidad, carente de ritmo y entrega, ‘Tesonero’ se incomodó cuando Álvaro Lorenzo lo alejó de las tablas. Intermitentemente gobernado y excesivamente enganchado al rematar los muletazos por el pitón derecho, el torero toledano fue constantemente recriminado desde el tendido por quedarse fuera de la suerte por pitón izquierdo. Un galimatías sin visos de resolución. Frente al quinto, un desrazado y desentendido mostrenco que no humilló sus descompuestas y brutas acometidas -por ambos lados embistió con el pitón contrario, el de fuera-, Lorenzo esbozó una cumplidora y escrupulosa faena; fue más por el que dirán, que por verdadera voluntad. O eso pareció. Transmitió Álvaro muy poquita convicción. Y está la temporada como para medir los esfuerzos.