Una tarde para el olvido

                   

Hay crónicas que uno no sabe ni por dónde empezar. ¡Qué pereza! Sinceramente, no tengo ninguna gana de sacar el látigo; ustedes me entienden. El caso es que, tanto ‘Morenito de Aranda’, como Pepe Moral y José Garrido, llegaron al patio de cuadrillas de la Monumental venteña con la acuciante necesidad de pegar un aldabonazo. Sucede que abandonaron el ruedo como vinieron. A pie, gracias a Dios. Pero con la misma necesidad y dos balas menos en la recámara. Ellos sabrán.

Saludó ‘Morenito’ de rodillas y a portagayola al cinqueño largo que rompió plaza. Le quedaban al de Fuente Ymbro dos semanas para cumplir los seis años, la edad límite para poder ser lidiado. Bien colocado, corto de manos, badanudo y hondo, ‘Vinazo’ fue toro manso, blando, rajado antes de alcanzar el último tercio y chocholo. No paró de moverse a su aire, de aquí para allá, siempre a la búsqueda de su anhelada querencia. La faena de muleta fue un confuso collage sin estructura ni hilo conductor. Cuando ‘Morenito’ pareció encontrar la fórmula para sujetar, ordenar y concretar su dilatada labor, prefirió intentar relajarse e imprimir expresión a unos muletazos que, incomprensiblemente, también remató por debajo de la pala del pitón. Muy bonito, pero nada oportuno.

Fue el cuarto un castaño de hechura pamplonesa, de correosa movilidad y un incierto punto de retranca. Lo cierto es que ‘Sacacuartos’ tuvo motor y se movió de lo lindo antes de los embroques, pero debajo de las telas, se rebrincó cuando ‘Morenito’ le apretó las tuercas por el pitón derecho y vino metió por dentro y aletargado por el izquierdo. Toro de público, el ‘fuenteymbro’ pareció mejor de lo que realmente fue. Volvió el torero a enmarañarse más de lo debido en el transcurso del último tercio. El conjunto resultó farragoso e indeterminado, permitiendo incluso que, algunos aficionados, pensaran que a Jesús se le marchaba la oportunidad de su vida. Y no fue el caso.

El primer ejemplar de Pepe Moral no paró de escarbar desde que se hizo presente en el ruedo. Falto de celo y entrega, ‘Retama’ fue toro medio, en el límite del bien y del mal. Molestado por el aire, el torero de Los Palacios no pudo dominar de inicio las telas; tampoco gobernar unas embestidas que necesitaron ser empujadas por el pitón derecho. Otra historia fue el izquierdo, por ahí el toro buscó atajos, repuso los viajes y apretó al torero. Para cuando quiso devolcer el engaño a la mano derecha, el ‘fuenteymbro’ se quedaba dormido en las telas a partir del segundo muletazo. Ahogado en un mar de dudas, Pepe Moral trasmitió impotencia al dirigirse a las tablas para cambiar el estoque simulado por el acero. Frente al armado quinto, aleonado y hecho cuesta arriba, de encastada y buena condición, el diestro sevillano quiso hacer un esfuerzo. Duró su férrea convicción lo que un muletazo cambiado. A partir de entonces, Moral retomó un conservadurismo que quedó en evidencia al querer rematar con un pase de pecho una volandera y periférica tanda en redondo. Consciente de no atravesar un buen momento, el trasparente torero se dejó ir, hasta que consideró oportuno finiquitar el quinario que estaba pasando en la cara del noble y entregado toro. Lo que no puede ser, no poder ser y, además, es imposible. Volverá Pepe a recuperar el sitio perdido.

Fino, bajo, largo de cuello y esqueleto y vareado de carnes, el tercero en el orden de lidia lució dos generosos y astifinos leños. Menos mal que llegó a los embroques colocando la cara abajo. Sucede que, ya sea por fragilidad o por exceso de entrega, ‘Patrullero’ perdió las manos o amagó con hacerlo en repetidas ocasiones. Le perdió Garrido generosos pasos para abrir hueco por delante y favorecer su inercia, pero al tercer envite, el toro siempre terminó echando el freno de mano. Y ahí precisamente se atascó la primera faena del extremeño. Devuelto a los corrales el amplio y generoso toraco que hizo sexto -poco o nada le ayudó la cuadrilla de José Garrido-, vino a lidiarse un sobrero del Conde de Mayalde, cinqueño, cabezón, hondo y atacado de kilos, muy ancho, que se frenó de salida, se empleó con fijeza en varas y pronto empezó a pesar en la muleta. Excesivamente enganchado, aún sin encontrar el terreno propicio para desarrollar el cuerpo central de su trasteo, Garrido fue despejando algunas incógnitas. No la ecuación. Por la razón que fuera, el endeble planteamiento de José no terminó de fluir ni de tomar cuerpo. Cuatro pinchazos y un descabello fueron el colofón de una tarde que todos ustedes ya habrán olvidado. Suerte la suya.