Urdiales pincha la faena de la tarde

Rechazados los ejemplares de Núñez del Cuvillo, la responsabilidad de la primera corrida de toros de la Feria del Pilar recayó íntegramente en los astados propiedad de Justo Hernández. Marcados con el hierro de Domingo Hernández los ejemplares 2º y 6º; con el de Garcigrande, los cuatro restantes.

Protestado por chico el cinqueño que abrió plaza; acapachado, corto de manos, de generoso cuello y con las carnes sueltas. Suelto, desclasado, falto de ritmo y protestón, ‘Cataviñas II’ provocó que Morante se desinhibiera de lo sucedido durante la suerte de varas y, más adelante, tras un violento desarme al esbozar un trincherazo, del último tercio. Entre el mayúsculo enfado del respetable que colmó los tendidos de La Misericordia, José Antonio pasaportó de grotescas maneras al colorado que abrió la sesión vespertina.

Bizco del pitón derecho y despegado del ruedo, el feo astado que hizo segundo fue eficazmente ahormado por Pedro Iturralde y diligentemente sometido por la gobernada muleta de Diego Urdiales. Dicen que pronto y en la mano; pues eso. Metido en el canasto en un abrir y cerrar de ojos, desengañado con pasmosa naturalidad, imantado a los vuelos de la franela y empujado hasta más allá de su voluntad, el toro colaboró de inicio en dos concluyentes series en redondo. Por el pitón izquierdo el toro apenas duró una tanda; entonces, ‘Lloroso’ arrolló y buscó atajos sin descomponer a su encajado e imperturbable lidiador. Consintió Diego las díscolas y ceñidas arrancadas hasta domeñar el rabioso e informal comportamiento de su oponente. Conducido a los adentros por ayudados por bajo de desbordante torería, Urdiales falló en el momento de la suerte suprema. Tras dos pinchazos y una estocada entera, escuchó una cerrada ovación desde el tercio.

Tapado por la cara, el tercero fue un desclasado toro que siempre acometió con el freno de mano echado. Mientras le duró su limitada inercia, Cayetano retrasó los embroques y lo desplazó por el pitón derecho sin el más mínimo ajuste. Discurría la dilatada labor del menor de los hermanos Rivera Ordóñez por los caminos de la superficialidad, cuando el público exigió la resolución de una labor sin apenas argumento. Rotundo con la tizona, Cayetano vio como el palco presidencial le negó una oreja a sumar a la fría estadística.

Sorprendentemente protestado por su aletargada salida, el cuarto en el orden de lidia, manso, poderoso y noble, apenas acusó la pésima lidia con la que la cuadrilla de Morante le despachó. Todo contra el toro, pareció mucho más que un triste lema. Sucede que ‘Idealista’ tuvo la inestimable virtud de alcanzar los embroques con la cara completamente descolgada. De ahí en adelante, el toro fue toda una incógnita. Unas veces siguió las telas hasta el final y otras receló y se empleó a destemplado ritmo. Así, cogido por alfileres, en el límite del bien y del mal, el de Garcigrande permitió un sobreesfuerzo de Morante. Quiso el sevillano que cuajó extraordinarios muletazos rematados por debajo de la pala del pitón y tras la cadera. Fueron los menos, pero el respetable se conformó con ello. Y con un infame bajonazo, tras el que le fue concedida una benévola oreja. Ojos que no ven…

Alto, despegado y voluminoso, el quinto lució hechuras más propias de buey que de toro de lidia. Manso de libro, ‘Carambola’ finalizó los tres tercios en la puerta de toriles. Si bien es cierto que, por un momento, pareció que la proverbial técnica de Urdiales logró hacerle olvidar el camino de la escapatoria. Fue un espejismo. Completamente rajado, el toro huyó una y otra vez de la suerte, hasta que Urdiales lo pasaportó de media estocada en lo alto.

Remató el desigual encierro salmantino un toro alto de cruz, hecho cuesta arriba y descolgado de riñones al que Joselito Rus le sopló un fenomenal tercer par de banderillas. Aunque pareciera lo contrario, el enclasado y profundo ‘Campanito’ fue frenado en seco por el asfixiante planteamiento de faena de Cayetano. Un galimatías sin orden ni concierto que no pudo ocultar el franco pitón derecho de tan notable astado.

Alfredo Casas Torcida (@casastorcida)